El capitán Smith era una persona muy sabia, con profundos conocimientos sobre la vida. Un hombre que llevaba toda su vida al servicio de la mar, de barco en barco, de Europa a América y de América a Europa. No sé exactamente por qué, pero hablar con él es como una profunda reflexión en la que puedes sacar unas conclusiones alucinantes, que tú mismo piensas que eres incapaz de plantear. Así que siempre que se me plantea un problema en la vida, una duda, o simplemente quiero debatir algún tema, me paso por su camarote para hablar tranquilamente. Él siempre tomaba té. Té con limón. Yo suelo tomar café cuando hablo con él, pero para el tema que quería hablar prefería tomar lo mismo, un té con limón, algo sumamente british. Conecté con la Sala Marconi para que avisaran al capitán Smith que me pasaría a hablar con él un día de estos. El capitán me citó el miércoles a las 5 de la madrugada, cuando empieza el día aquí, creo.
Estuve un rato esperando por el puente de mando antes de entrar, siempre me gustaba observar y toquetear todos los artilugios de navegación, sobre todo el teletransmisor de órdenes a la sala de máquinas. Me entretuve viendo estas cosas, algo también habitual en mí, y llegué un par de minutos tarde a su camarote. Allí estaba esperándome, sosteniendo un ejemplar del diario The Times mientras estaba fumando con su pipa y le alumbraba su lamparilla. Toda su mesa de trabajo estaba llena de planos de barcos, objetos típicos de navegación y un montón de libros. Adoraba el ambiente que me rodeaba, una esfera impregnada del humo de su pipa y la luz tenue, siempre estaba muy a gusto. Tenía otra pipa, y me ofrecía fumar cada vez que le visitaba, a pesar de que yo no solía fumar mucho, pero esta vez era diferente, me apetecía mucho. Nos pusimos los dos juntos a fumar y comencé a contarle el tema.
Desde que era pequeño, siempre me había dejado encandilar por una banda inglesa procedente de Liverpool. Solían viajar en un submarino amarillo por el mundo, y claro, un día decidieron hacernos una visita por el fondo del océano. Todavía recuerdo sus canciones resonando por las cubiertas, y cómo un chico atrevido bajaba de ese submarino para bailar con algunas de las damas de 1ª Clase. Tenía una voz única. Ellos eran cuatro, bastante graciosos además, tenían una forma muy bonita de acercarse a la gente a través de sus canciones, sus letras, su forma de actuar. Causó mucha impresión entre los pasajeros, pero a algunas personas les produjo cierto rechazo. Jamás olvidaré la cara de espanto del coronel Archiebald Gracie, un famoso escritor e historiador, ya mayor, que consideraba a aquellos jóvenes como una revolución desmesurada y poco apropiada para fomentar los buenos valores. Según tenía entendido, este grupo había pasado una etapa dulce, llena de canciones bonitas, de amor, pero que ahora estaba teniendo un cambio importante, una transición a la hora de hacer música totalmente diferente.
Yo le vi a él, al chico bailongo y extrovertido. Tenía un aura diferente a los otros tres, una mirada y una visión mucho más profunda, o al menos, eso me pareció. Él estaba deambulando por las cubiertas del barco para entrar en algún camarote y componer una nueva canción. Decidí ir a buscarlo.
Encontré el camino de subida por las escaleras y me puse a fumar, y alguien habló y caí en un sueño. Me evadí completamente de la realidad, y por un momento pensé que estaba en un mundo paralelo, ajeno al real. Una intromisión profunda en la que la música había conseguido cautivarme y veía que no existía nada más.
Bueno, yo me tuve que reír, pero vi la fotografía. De repente, todo se detuvo.
En aquella fotografía me di cuenta de que en un pequeño instante tu vida puede cambiar completamente. Un día en la vida te puede cambiar para siempre.
Pero decides apagar la luz, cerrar los ojos. La vida es más fácil con los ojos cerrados. Bajé las escaleras, no quería estar más tiempo ahí arriba.
Volví. Regresé. El capitán me estaba mirando fijamente, y parecía preocupado. Había estado escuchando atentamente todo lo que conté, y sin dejar de mirarme me dijo: "Tienes que llevar una pequeña luz para alumbrar tu camino. Si durante el camino pierdes esa luz, nunca serás capaz de encauzar las metas que te propones. Vivir sin luz significa vivir en la oscuridad, y ahí no tienes a nadie que te ayude."
Creo que me lo pensaré de otra manera. Ya, un día en la vida...
¿Me puedo tomar otro té con limón?